"Subió al monte y llamó
a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó
a Doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a
predicar"
(Mc 3, 13-14)
Como los apóstoles, también
nosotras hemos sentido la llamada gratuita del Señor Jesús
a estar con él, y desde él somos enviadas a anunciar
la Buena Noticia del amor misericordioso del Padre.
El sentido de nuestra vida se fundamenta
en la relación interpersonal con Dios, al que experimentamos
como un Tú cercano que nos ha seducido, nos ama y a quien
tratamos de responder en la misma clave de amor. Cuidamos esta
relación encontrándonos con él a través
de la oración personal y comunitaria, y cultivando
una actitud de búsqueda de su presencia y de su voluntad
en los acontecimientos de la vida cotidiana.
La comunidad es un espacio especial para
desarrollarnos y crecer como personas. Compartimos las alegrías
y las penas y toda nuestra vida desde una llamada común
a la fraternidad y al seguimiento de Jesús. Construir comunidad
es una tarea diaria, que se refleja en un montón de pequeños
detalles: desde el reparto de tareas domésticas, el compartir
nuestra fe, nuestras preocupaciones y dificultades, vivir la "tensión"
de los diferentes puntos de vista... todo ello disfrutando de
la riqueza que aporta la vida en común.